El D.O. como solución integral para preservar productividad y producirla (primera parte)

 

 

 

El DESARROLLO ORGANIZACIONAL (DO) es un concepto que engloba varias ciencias de la conducta enfocadas a mejorar las organizaciones y las personas que colaboran en las mismas mediante el uso de la teoría y la práctica de un cambio planeado que se hace efectivo a través del tiempo.

 

Las organizaciones se enfrentan a múltiples retos y amenazas por influencia del entorno, que deben solventar para asegurar su existencia y permanencia en el mercado. De la misma manera las personas que colaboran en las empresas se enfrentan a múltiples retos, a veces de proporciones desmesuradas, en comparación por la realidad en que viven. Asegurar su supervivencia es el reto más grande que la gente asume, después interesa la posibilidad de desarrollo y por último la voluntad de influir y de promover acciones de cambio.

 

El Desarrollo Organizacional apareció como la solución para ayudar a las personas y a las organizaciones a enfrentarse, adaptarse, sobrevivir y desde luego prosperar en la nueva época laboral donde la seguridad y estabilidad tradicionales quedaron en el recuerdo.

 

La competencia del DO está en el “lado humano” de la organización, en el desarrollo de los individuos que forman las organizaciones, y en las herramientas y estrategias que llevan a los conjuntos humanos productivos a transitar de donde están, su estado actual, hacia donde requieren estar en el futuro próximo, para cumplir con los objetivos y retos de su empresa.

 

En sentido del DO

 

 

No todas las intervenciones que tienen lugar en las organizaciones referente al trato con personas son DO. Para que lo sea, tienen que contener un factor primordial: los intereses y propósitos cambian, las empresas evolucionan y las personas necesitan transformarse para adaptarse y lograr los nuevos retos a que están comprometidos. Así DO está ligado absolutamente al proceso de cambio, no obstante, que es mucho más que simplemente “adaptarse al cambio”, implica primero visualizar el futuro deseado, después planearlo y finalmente aplicar acciones dirigidas a lograr la transformación que se desee obtener. DO es anticipación no reacción.

 

 

El factor Cambio

 

Heráclito de Éfeso, nacido en el 535 a. de C., lo dijo de la manera más clara que podía expresarse: “Nadie podrá bañarse dos veces en el mismo río”. Podremos bañarnos muchas veces aparentemente en el mismo lugar pero las aguas, el espíritu del bañista y las condiciones del ambiente nunca serán las mismas. El cambio es un proceso natural que lo abarca todo, es la constante primordial de la existencia misma.

 

Posiblemente el cambio ha preocupado a los hombres desde siempre, la evolución transforma y obliga a prepararse para la etapa siguiente. La cuestión del cambio no radica simplemente en identificarlo y acompañarlo. El cambio es fruto de un nuevo sistema de vida provocado por el efecto de la inteligencia humana y su manifestación en el quehacer humano. Sucede más allá de la posibilidad natural del ser humanos de comprender y  evolucionar. El frenesí que ha llevado consigo la explosión y expansión de la tecnología, obligan a hombres y mujeres a  reinventarse en cortos espacios de tiempo y a transformarse en el tipo de ser productivo que demanda el nuevo estatus.

 

 

“Homus productivus”

 

Estamos inmersos en la tercera etapa industrial. Cada etapa de desarrollo ha comportado un proceso de evolución fascinante que ha afectado absolutamente en todo el ámbito de lo humano. La interpretación de la vida, del destino actual y final, de sus capacidades e influencia y del “sentido del sí mismo” han estado condicionados por la evolución de su inteligencia y por su impacto en el campo de lo tangible y de los posible.  

 

El primer gran impacto de la inteligencia humana llevó a la “revolución neolítica” hace 9000 años (VIII milenio a. C.).  Es el momento en que el hombre descubre que el alimento no sólo podía ser recolectado de manera silvestre, sino que puede ser cosechado y producido una y otra vez en un mismo lugar. Pasar de la vida nómada a la sedentaria debió ser un cambio enormemente difícil para la gente que le tocó vivirlo, puesto que implicaba modificar aspectos de cultura fundamentales, precisamente aquellos aspectos donde radican los usos y costumbres en los que los humanos asentamos nuestro bienestar y permanencia. El poder pasó del jefe de la tribu, experto en identificar caminos  y cuevas albergadoras, al chamán, experto en reconocer las fuerzas naturales que protegían y aseguraban la siembra y la cosecha.

 

El segundo cambio revolucionario que la inteligencia humana provocó fue la llamada “revolución industrial”, aparecida en la segunda mitad del siglo XVIII en el Reino Unido. El gran cambio de entonces fue pasar de la producción manual a la producción mecanizada, de trabajar en casa a trabajar en fábricas, de depender de la compensación por el esfuerzo individual al salario colectivo. El poder pasó de manos del artesano, experto en la producción de objetos, al empresario controlador del sistema productivo comunitario.

 

La tercera gran revolución la vivimos hoy, es nuestra revolución en la que todos de manera activa o pasiva participamos. La llamada “revolución tecnológica” es un cambio dramático que se produce al integrarse tecnologías nuevas en la sociedad y en el mundo productivo desestabilizando los modelo anteriores. Las nuevas tecnologías producen cambios nuevos y profundos en la vida humana porque afectan los aspectos integrales del ser como son: supervivencia, desarrollo y trascendencia. Hoy, el fabricantes es reemplazado por el experto en sistemas informáticos, el trabajo productivo en la instalaciones empresariales encuentra la alternativa en el home office y las fortunas ya no se consiguen trabajando detrás de un escritorio sino a través del establecimiento de relaciones y acuerdos por medio del uso de redes de información a nivel global.

 

 

La misma inteligencia humana que está haciendo posible la “revolución tecnológica informática”, que cuestiona y confronta en lo más profundo los sistemas productivos tradicionales, proporciona por primera vez en la historia de las grandes revoluciones productivas del planeta el antídoto del problema en lo concerniente a la afectación de los cambios provocados por los nuevos sistemas en el factor humano. La revolución neolítica trajo la guerra por causa de la ambición en la acumulación territorios, junto con el invento de los dioses (como diría Friedrich Nietzsche) como fuerza de poder más allá del entendimiento humano que doblegara la voluntad de los hombres a someterse al poder terrenal y supraterrenal constituido. La revolución industrial dignificó el trabajo en base a la aportación muscular del individuo detrás de las máquinas, sacrificando la mayoría de las veces salud, calidad de vida e higiene ambiental. La revolución tecnológica informática, individualiza a las personas sometidas a una avalancha de información que no requiere y a la vez les dificulta acceder a la que realmente necesita, para su supervivencia, desarrollo y plenitud.

 

 

 

Este artículo continuará en nuestra siguiente edición...

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